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carlos costa grajales, uruguay

Carlos Costa Grajales

Uruguay

 “La visita de los viernes”

 

El pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. La apagó al mismo tiempo que levantó el auricular.

Era Mara, su madre. Al escucharla  buscó algo en que descargar su energía y con el inalámbrico entre el hombro y su oído comenzó a preparar mayonesa.-

Ella, como tantas veces le reprochó mil cosas: su ambigüedad sexual, su ausencia, la falta de llamadas telefónicas...

Federico  batía cada vez con mayor fruición oyendo  paciente las recriminaciones.-

Hacía ya tiempo que tratando el tema con su psicoanalista, consideró que la única forma de llevarse bien con su madre, de no sentir culpa por su opción sexual, por  decidirse  a vivir solo, aunque ello implicara abandonar a Mara entre dieciesiete habitaciones y un gran  parque arbolado de dos hectáreas.-

                Era dejar a su madre en el “castillo”, pero vivir con dignidad y libertad,  en un barrio que, hoy en día, había perdido su aroma a jacintos y azucenas y era el blanco preferido por  los delincuentes, y por los desesperanzados que, a falta de trabajo honesto, intentaban sobrevivir en el delito.-

                La enorme distancia que, necesariamente se establecía entre ambos se notaba en los monosílabos, en las frases breves: -”si madre”- , “claro madre...”- “usé el producto que me dijiste madre”, “quedó perfecto madre”... “Si, claro, el tercer aniversario”; ”por supuesto que no lo olvidé, si, si, ya sé  el viernes”..., “si  por supuesto, rosas amarillas, me los has dicho mil veces,...si mamá, ya sé, ya sé, no es necesario, Sí. Todos los malditos años lo mismo.”

“Bueno suena el portero, tengo que colgar. Si , ya te dije que sí.  Esta bien madre, es mi vida. ¿No te gusta? Lo lamento. Yo no soy Ernesto ni lo seré jamás. Chau”.-

                Mara lentamente apoya el auricular sobre su teléfono blanco con detalles de repujado en bronce. Lo hace con dificultad motriz, con esfuerzo e impotencia.

“No tiene remedio” habla para sí, y su voz se apaga en la sala extensa iluminada apenas por la ventana del comedor .  Su escueta figura, lánguida y frágil se abandona hundida en una gran bergère de raso blanco rodeada de lujosas lámparas “Tiffany”, de valiosas pinturas, de pequeños tesoros...

La luz se desvanece temprano y el gran carrillón retoma la melodía, como todas las tardes a las siete.

Cada vez la penumbra más se apropia del espacio y apenas se divisa el sillón blanco en el que Mara se recoge como un gato hasta desaparecer en la total oscuridad que sobreviene al ocaso.-

                Son las ocho de la mañana siguiente y Lilí, la mucama, repliega los cortinados de la alcoba que  se ilumina  con los rayos del sol.

Trae una bandeja con el desayuno. Mara despierta.

“Lilí, corre las cortinas, te lo he dicho mil veces. Esta es la última. Si mañana haces lo mismo considérate despedida.”

“Perdón madame, dice Lilí con la voz quebrada. Pensé que le haría bien un poco de luz, dejar entrar el sol”.

“Pavadas. Odio el sol, la luz. Me da jaqueca, y tú lo sabes. Apúrate y oscurece la habitación. Tomaré el desayuno y luego me despertarás para almorzar. Algo frugal y liviano, como siempre”.

“¿Que le apetece hoy madame?”

“Lo que sea, elíge tú y no sirvas más que un plato. no tendré apetito, estoy  segura”.-

“Si madame, como usted diga”

“¿Le recordaste al florista las rosas amarillas?”

“Como todos los viernes, Madame”

“Asegúrate que sean frescas. Las últimas duraron muy poco.”

Lilí vuelve con las rosas y piensa en el florista, buen mozo y agradable, ya van tres años que los viernes retira 24 rosas amarillas. Mientras camina moviendo las caderas acompasadamente, segura de que el florista la está mirando, cuenta las rosas. Se asombra: un año, 48 semanas. Mentalmente y con dificultad multiplica 48 semanas por 24 rosas, en un año son 1.152 flores... espera ansiosa llegar a la casa, en la cocina hará las cuentas con lápiz y papel.

                Nuevamente el asombro, estupefacta revisa una y otra vez la cantidad. No hay error, en tres años Mara ha comprado al mismo florista todos los viernes un total de 3.456 rosas amarillas. Convencida decide apostar esos números en la tómbola de la tarde.-

Con desgano y sin  arte deposita las flores en un jarrón de porcelana con bastante agua y una aspirina para que duren más.

Son hermosas, todas en capullos. Debería usarlas una novia, piensa ilusionada, pero de inmediato un escalofrío le corre por la espalda y apurada, casi corriendo, recoge una franela y huye hacia la sala.-

                Eduardo le abre la puerta del coche negro. Lo lustró temprano como todos los viernes. Lleva obligatoriamente su traje oscuro y gorro negro con visera y cordón dorado, propio de su uniforme.-

                Mara envuelta en una capa de astrakán , guantes de cabretilla negros y una pamela de piel oscura, sube al asiento posterior, por supuesto.

A su lado las rosas y un libro. Bajo el asiento dos copas y un pequeño botellón de cristal de Baccarat con licor de menta.-

                Eduardo detiene el coche y le  abre la puerta.

Mara emprende con paso firme y ansioso el camino de siempre.

Detrás el chofer con el libro, las flores, copas y botellón la sigue a prudente distancia.-

Sabe que volverá al auto y escuchará radio durante tres o cuatro horas, como todos los viernes.

El salario es muy bueno,  y el trabajo aliviado. Ojalá la vieja siga con su locuras. El contento fumará un habano hurtado de la sala y después abrirá las cuatro puertas del coche durante  quince minutos, para que el olor se disipe y la vieja no se de cuenta.

                Mara sigue presurosa, camina por un sendero de piedras entre la gramilla, respira profundo. El aroma de los pinos y cipreses la embarga y por primera vez en el día esboza una sonrisa.-

                Camina entre grandes monumentos y  ángeles  de mármol blanco, esculturas piadosas y perfectas.

                Mara nos las mira. Sus ojos sólo apuntan a un lugar...

Al fin llega, entrega las llaves a Eduardo y éste abre la pesada puerta de hierro, deposita los enseres y sin que madame gesticule, se va hacia el coche, ya conoce la rutina y el  carácter de su patrona.-

                Ella entra al recinto de granito. Deposita las flores sobre el  altar. Dedica varios minutos en cortar tallos y medir la altura de cada flor  hasta lograr un hermoso ramo de veinticuatro rosas amarillas. Con delicadeza acomoda el  ánfora  en  medio del altar sobre la carpeta de encaje antiguo, que fuera el velo de su casamiento.-.

                Se persigna ante la gran cruz de plata y se sienta en la mecedora.-

La luz penetra suavemente por todo el recinto. Los colores brillantes  de la cúpula  y los tres enormes vitrales reflejan un arco iris intenso surgiendo de ellos  imágenes místicas.-

                Prosigue su ritual: enciende las veinticuatro velas amarillas de los enormes candelabros de bronce que como guardianes custodian el altar, uno de cada lado, altos, majestuosos, trepan desde el suelo de mármol  queriendo llegar al techo y miden seguramente más de un metro y medio.-

                Mara siente el frío en sus huesos, fatigada y abatida como todos los viernes. Ya arregló las veinticuatro rosas amarillas, encendió las veinticuatro velas amarillas, sólo le resta abrir la puerta del viejo combinado musical, limpiar el único disco de pasta que hay y ponerlo a funcionar.-

                Ahora sí, se distiende. Sonríe observando el altar, coge el libro, se acomoda en la mecedora vienesa y busca el último capítulo del viernes anterior.

Comienza a leer el siguiente, con la voz dulce, pausada, suave,  con lentitud y excelente dicción, no abandona su tarea, su voz baja hasta  ser casi susurros, pero sigue en su afán de leer hasta que los vitrales se tornan oscuros cuando muere la luz.-

                No se inquieta, con sus lentillas apoyadas en medio del tabique de su delicada nariz,  acerca la mecedora al candelabro más próximo y continúa leyendo.

Cada viernes un capítulo, cada mes una historia diferente.

Al fin cierra el libro, deja caer las lentillas y apoyando las manos sobre el regazo, se mece en el sillón, comenta las novedades de la semana, los disgustos con su hijo Federico,  díscolo, tan diferente e indiferente y los cansados ojos se humedecen  cuando del altar retira el enorme portaretrato  tallado y sin congoja, pero con ternura, sin llanto, pero con temblor, lo acerca a sus labios, besa el cristal y observa a Fernando sonriente, con sus cabellos dorados, sus ojos azules y esa sonrisa que descubre la dentadura perfecta y la vitalidad de deportista que siempre tuvo.

                El disco ya está dejando de girar y el nocturno de Chopin llegando a su fin. Era el preferido de su  hijo predilecto que siempre lo tocaba después de cenar, disfrutando lentamente el licor de menta servido en una copa de cristal de Baccarat.-

                Mara se levanta con dificultad, coloca el retrato en su lugar, llena las copas con el licor, alza la suya y apoya la otra en el altar sin dejar de mirar la fotografía.-

 En ese instante la llama de las velas se estremecen como si una brisa helada las soplara desde muy lejos.

Mara observa y sonríe. Bebe uno, dos sorbos de licor.

Ya es noche cerrada.

Eduardo discretamente golpea al vidrio de la puerta.

Mara sin sorprenderse, como esperando ese momento, quizás ya medido por el tiempo en que gira el disco de Chopin, sabe que debe despedirse... otro enorme beso a Fernando en aquella foto donde se lo ve hermoso, resplandeciente con su brazo izquierdo apoyado en la avioneta amarilla  bimotor con dos rosas pintadas, una en cada ala.-

                 Sale despaciosamente de la bóveda, señala con un marcador el capítulo que leerá el próximo viernes.

Eduardo recoge las copas, apaga las velas y cierra la puerta con la gran llave de hierro negro.

Mientras ella apura el paso entre ángeles de mármol que la observan con piedad, Eduardo guarda la llave en el bolsillo de su uniforme y en un impulso, casi si quererlo  vuelve sobre sus pasos, se detiene ante la capilla, murmura una oración que recuerda a medias y absorto contempla las letras de bronce.

 Lee con detenimiento lo que ya conoce: “Aquí yace Fernando Ponce Asturriaga. Gentilhombre y amoroso hijo permanecerá vivo por siempre en el corazón de su madre”

Eduardo baja la vista, debajo del epitafio, con letras más pequeñas  pese a la noche que se cierne sobre los pinos, lee con un poco de dificultad: “Nacido en 1964 - Fallecido el viernes 24 de octubre de 1989 a la edad de 24 años”.“Que brille para él la luz eterna. Sus compañeros de la Base Aérea  de Aeroparque San Miguel”.-

                Luego  emprende el camino de regreso. Divisa a su patrona ya envuelta en su abrigo y sentada en el coche, esperando el próximo viernes.

                “¿Qué me pasa hoy?” -se pregunta el chofer en voz alta- total, los muertos no escuchan; y el sepulturero está lejos esperándolo para cerrar  la reja.-

No sabe porqué pero este viernes, se conmovió tanto como el primero.

Después de tres años, cada viernes el mismo ritual y sin embargo hoy afloja. No lo entiende, no se entiende,  lo abruma la culpa; las  burlas entre amigos, los maliciosos  comentarios familiares y entonces al fin comprende a  la “vieja loca”.-

Perdón, …a madame.-

Por lobitogabriel - 23 de Abril, 2006, 15:56, Categoría: cuento
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